Friday, June 12, 2009

Los cromos de la infancia



Su escuela le había quedado bien lejos de la casa, y al contrario que la mayoría de sus compañeros de clase, el tenia que emprender un viaje largo, muy largo por las calles de aquella ciudad, solamente para llegar al colegio.

Era una silueta de niño que entraba por las puertas de la fría ciudad cuando el sol salía y al atardecer se le podía ver emprender un melancólico regreso al hogar, pisando sobre pasos pisados, cada año creciendo un poco, su cuerpo en estatura y su alma en soledades.

Cruzando aquella ciudad a través, tuvo ocasión de ver todos sus comercios, calles, callejones, vericuetos, plazas, hospitales, escuelas e Iglesias como nadie más pudo a tan corta edad.

Como en su casa habían dejado de celebrar reyes hacía ya tiempo, cada Enero dedicaba unos minutos extras a detenerse delante de la juguetería, y en su imaginación jugaba rápidas batallas con los Geypermanes de la vidriera, o sacaba los formulas 1 de los escalextrix a dar una vuelta.

Como no le daban dinero los fines de semana, nunca pudo comprarse ninguno de los tebeos que tanto codiciaba leer, y a primeros de mes, cuando había Mortadelos nuevos, o un Spirit de la Garbo, o un álbum del teniente Bluberry, en la vidriera de la pequeña tienda de la señora Manuela, él le dedica 10 minutos extra a absorber los vivos colores y los trazos que adornaban el papel y que hacían saltar a la realidad las aventuras dibujadas.

Casi nunca se compró chicles, casi nunca se compró bebidas refrescantes, casi nunca se compró algo…

Un día, en una papelería cerca de la calle Cobián Rofignac, vio un álbum de cromos colgado en la vidriera.

Era sobre equipos de fútbol, y estaba dibujado en vivos colores, que naturalmente le llamaron la atención de inmediato.

Entró en la tienda y vio un álbum modelo que tenían encima del mostrador, y que estaba completamente lleno, para mostrar al público el resultado final de completar el álbum.

Embelesado, pasó página tras página con el aliento abatido. Una dependienta le preguntó si quería algo, y cuando el negó con la cabeza, ella lo echó de la tienda.

Al día siguiente regresó un poco antes, y así hizo sucesivamente día tras día, a mirar el álbum completo. Cuando lo echaban, tomaba nota de la hora que era en el reloj de la cadena de radio de la esquina, para llegar a distinta hora al día siguiente.

Un día, cuando iba ya por la sexta vez que miraba por completo el álbum, se puso a su lado un hombre bien vestido, con una gabardina moderna, y con apariencia adinerada.

_Señorita, cuánto valen los cromos de esta colección?_y señalo al álbum que él estaba mirando. Lamentó su suerte, porque aquel desconocido había conseguido que la dependienta repara en él otra vez, y lo reconociera como el niño tan pesado que tenían que echar de la tienda todas las tardes.

_Valen dos con cincuenta._ Dijo ella apurada_ Nene, vete largando de aquí, anda, que mañana no te voy a dejar entrar._como le decían cada vez que lo echaban.

_Y como vienen?

_Como que como vienen? No le entiendo…

_Si, que si dos cincuenta por cromo, o por paquete… y cuantos cromos viene dentro de cada paquete?

_ ah, pues creo que trae 4 cromos en cada paquete, no estoy segura, y el precio es por paquete.

_ Vale._El hombre hizo una pausa, y el niño percibió con resignación que la dependienta lo volvia a mirar, lista para cumplir su amenaza._ Pues deme 100 paquetes.

Al niño se le abrieron los ojos como platos al oír eso. Incluso los más ricos de su escuela (y el iba a una escuela con niños muy ricos) se compraban como mucho 5 paquetes de una vez por semana.

_ Creo que eso es como dos cajas… le da igual si le doy dos cajas y usted se encarga?

_Si, claro.

El presenció cómo acabó la transacción, y salió detrás del señor.

Ya en la calle, lo vio entrar en su auto que tenía aparcado justo delante del establecimiento, y salió por la estrecha carretera mojada, a más velocidad de la prudente. “El también debe llegar tarde al trabajo….como yo a la escuela” se dijo el niño.

Por unos cuantos días, el niño no se pudo sacar a aquel hombre de la cabeza.

Y como aquel hombre representaba todo lo que ser hombre y adulto debía representar, cuanto más lo pensaba mas se obsesionaba. Ser mayor, como había sospechado, debía significar tener acceso a movilidad (coche nuevo) y no tener que recorrerse toda la ciudad andando, con una mochila de libros a la espalda; debía significar buena presencia (las buenas ropas) y no tener que heredar cada año el anorak de su hermana, y andar con los mismo zapatos todos los días del año, tener autonomía (era hora de estar en el trabajo, y el señor estaba por la calle aun); y sobre todo poder decidir un día querer comprar los cromos del álbum, y agarrar y comprarlos.

Sin rendirle cuentas a nadie, sin tener que dar explicaciones a alguien.

Algo raro le pasó entonces. Cuando llegó a esta conclusión, dejó de ir a la papelería y mirar el álbum completo que yacía allí de reclamo.

Había entendido que no tenía los medios para alcanzar esas cosas. El resto de sus amigos completaban álbumes, pero su familia decía ser pobre, y no podía gastar dinero en eso, así que no le convenía seguir deseándolo, porque era algo que no iba a poder alcanzar.

Y sentarse delante de las pastelerías y desear comer las cristinas no hacía nada más que crear sueños inútiles.

Pasar las hojas de aquel álbum que él nunca iba a tener ni completar, lo hacía sentirse más pobre de lo que era.

Mirar los juguetes y despues dejar el escaparate con la certeza de que a él le iba a costar mucho más que al resto de sus amigos obtener alguno de aquellos juguetes lo hacía sentirse más desdichado aun.

Y pasaron los años, y el niño creció, y se fue de la ciudad, se fue de la región, se salió del país. Acabó la universidad, tuvo cientos de trabajos, y eventualmente una carrera, y encontró a una muchacha con la que hacer un hogar y pasar los años de su vida intentando ser feliz.

Un día tuvo que salir a comprar papel de envolver para su trabajo, y entró en una papelería de aquella ciudad que ahora había convertido en suya, lejos de la otra donde había pasado su infancia.

Mientras hablaba con el encargado sobre diferentes tipos de papel, un hombre entró apresurado en la tienda, se hizo camino entre los niños que había por las isletas, y aprovechando un silencio suyo, le preguntó al dependiente:

_Oiga, tiene álbumes de cromos?

Bien.

El dependiente contestó que no. El caballero se despidió y salió corriendo.

Y el hombre en el que se había convertido el niño aquel, recordó toda la historia de repente, y decidió escribirla en papel, para no volver a olvidarla.

Y fue mientras la escribía que se dio cuenta de que a su manera, su vida se había convertido en su propio álbum colorido de cromos, de imágenes de recuerdos, de medallas, de anécdotas….

Y se alegró de no haber podido comprar dos cajas de cromos como el señor aquel había hecho antaño, y se alegró de haber encontrado una alternativa a su pobreza y de haberse abierto su propio camino en la vida.

Eso si, si lamentó un poquito (sólo un poquito, no vayáis a creer que mucho) el no tener gusto por los cromos ahora que se podía comprar cuantas colecciones quisiera.

1 comment:

  1. mu gonita, la verdad es que te lleva otra vez a esa "bella época" de la infancia

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