Friday, June 19, 2009

EL MEJOR PAIS DEL MUNDO

Extraído de “Cuentos en la Diáspora”
(Mayo 1997)


Era Diciembre de finales de los años ochenta, y yo acababa de llegar a USA.
Estábamos en casa de unos familiares, reunidos para celebrar la festividad Americana del día de la acción de gracias (Thanksgiving).
Hace casi cuatrocientos años, unos desterrados ingleses vinieron a parar a las costas de Massachusetts, y estaban tan famélicos y esmirriados que los nativos les dieron unos pavos para que jamaran.
En agradecimiento, los recién llegados les dieron muchos siglos de masacre y abuso, hasta que hoy en día los tienen casi extintos.

En la casa de mis familiares se habían reunido otras familias de gallegos que vivían por la zona. Antes de sentarse a cenar, el aguardiente iba pasando de copa en copa y los labios se iban soltando
“Ya verás como te gusta este país, hombre! Esta es la tierra de las oportunidades!!!”
Como si no hubiera oído yo eso antes.
El señor obeso del fondo comenta:”Yo llegué aquí sin nada, con una mano delante y otra detrás, y mírame ahora!!”
Ganó 100 kilos por lo menos, y todos alrededor del estomago, pensé yo.
“Ahora tengo dos casas, y casé a mis dos hijas, y todos vivimos la mar de bien.”
Ahora que prestaba atención me di cuenta de que ese era el señor que me había dicho mi tía que se estaba divorciando de su segunda mujer, y que desde que Reagan había comenzado a joder el país, lo habían echado de dos empleos porque lo encontraban siempre borracho en horas laborales.
“Ya verás hombre! Tu padre enseguida te encuentra chollo y te mete a trabajar con el, y en menos que canta un gallo estas amasando los millones, como hacen todos los jóvenes que viene aquí con ganas de trabajar.”
“Oye Carlitos” Le grita mi padre desde el otro lado de la mesa “Y hablando del tema, hablaste con el jefe para ver si había trabajo en tu compañía?”
“Joder hombre! No le dije nada, porque ayer mismo despidieron a cuatro, y la semana pasada a seis. Las cosas están muy mal, hombre”
Ahora yo me estaba haciendo un lío. En que quedábamos? Estaba todo bien y este era el país de los sueños cumplidos o estaban las cosas muy jodidas, y mejor no perder el tiempo aquí?

Por la puerta entró la sobrina de Don Fermín, abriendo las puertas de par en par, mientras su marido empujaba al anciano en la silla de ruedas, cuidando de que la botella de suero que colgaba encima no se bambolear mucho. Ya me sabía la historia de Don Fermín, el hombre que trabajó como un león toda su vida, desde que se bajó de aquel barco en New York en los años cincuenta, y encontró empleo en la fábrica de pintura, por la que fue ascendiendo los peldaños corporativos hasta llegar a capataz. En medio de sus años de ascenso conoció a una gallega con la que casarse y tener tres hijos, compró dos casas, e hizo una España. Pero en medio de todo esto, algo fue mal. Uno de los hijos murió de sobredosis a finales de los setenta y una hija de sida a principios de los ochenta. Malas lenguas comentaron que la vez que el padre pasó más tiempo con ellos fue en el entierro.
Y para colmo, la leucemia que le obligo a coger una baja de salud. La compañía no se la quiso dar, y estuvieron 3 años en pleitos y juzgados, hasta tuvo que vender una de las casas, para subsanar gastos y también porque no podía encargarse de los problemas que acarreaba. La última hija que le quedaba, se le había ido para Florida y ya no se hablaba con ella.
“Ay mujer, porque lo entras al salón, si dentro de poco tenemos que ir a comer! Y además el humo no le puede hacer bien”
La mujer de mi pariente, nuestra anfitriona, estaba en lo cierto. Todos los gallegos, el vasco y el andaluz allí reunidos fumaban como carreteros, y el salón parecía una fábrica de gas.
Mientras la anfitriona y la sobrina de Don Fermín discutían sobre donde arrastrarlo, le llegó el turno al vasco a decirme inconsistencias!
“Hombre, aquí uno se acostumbra a todo. Yo pensé al principio que me iba a morir, cuando llegué. Vine como Don Fermín, en un barco mercante, contratado de marinero, y cuando hice puerto, me largué. Y los primeros años pues me parecía todo raro, pero después ya me acabó gustándome! Y me encontré a mi mujer aquí. Imagínate si no llego a venir!”
“Igual estabas soltero y más feliz, paspallas!!!” Le contestaron
El ni caso, siguió su soliloquio: “Pero ahora, ya acabé de construir la casa en Bilbao, y si dios quiere, en un par años, me voy pa’lla. Que tampoco se puede ir uno así, con el dinero justo, sino… que hace uno allá? Que allá las cosas están muy mal.”
“Joder. Y aquí también” dice alguno al que todos ignoran.
“Pues sacar un dinerillo extra, y dejar este puto país, cojones!!”
“Y que vas a hacer con la mujer? Dejarla aquí, a cuidarte la vuelta?”
El vasco miró nervioso hacia la cocina, donde las señoras estaban reunidas, para asegurarse de que no le oían cuando decía “Si quiere venirse, que se venga. Si no que se quede aquí, o que se vuelva para su Puelto Lico”

Yo comenzaba a darme cuenta de que allí había gato encerrado. Todos estos hombres se consideraban afortunadísimos, sin embargo, todos confesaban secretos anhelos y sentimientos de insatisfacción agudos. Todos ellos habían encontrado trabajo en algo manual. Carpinteros, albañiles, peones, pintores de brocha gorda, descargador de puerto…
Ellos habían encontrado trabajo en áreas donde no pedían documentación, siempre que estuvieras dispuesto a partirte el lomo. También habían llegado en los años 60 y 70, cuando las leyes de inmigración eran una tontería comparadas con las de finales de los 80, y todos se habían acogido a amnistías, o encontrado una forma fácil y directa de comprar los papeles.
En medio de ellos estaba yo, producto de la clase media-baja española del los 70 y 80, niño mandado a la escuela e inculcado que tenía que hacerse medico o abogado, o ingeniero, y ahora trasplantado a otra tierra, sin el bachiller acabado, y siéndole impuesta la obligación de buscar trabajo en oficios que jamás había conocido antes.
“Y como esta Don Fermín? Se le ve muy bien.”
“No me hables” comenta la sobrina, elevando los ojos al cielo “la seguridad social le quitó la subvención para medicamentos que estaba recibiendo, y ahora tenemos que comprarle de los baratos”
“Pero eso no es peligroso?”
“Pero que se le va a hacer? El se tiene que tomar nueve, cuéntalas bien, nueve pastillas al día, y once cada tres días, si cuentas la del agua, y la presión arterial! Le sale a $260 dólares por semana!!! Nadie se puede pagar eso. Con las que le compramos, no tendrán tanto renombre, pero el doctor dice que debieran servir, y solo pagamos $190 Por semana.”
“Es que en este país, si enfermas, mas te vale que mueras!”
“O que tengas el seguro médico de los ricos”
“En España no pasaría nunca eso, hombre!!”
La sobrina contestó “Bueno, ahora estamos haciendo papeles con los abogados para que nos deje aquí de apoderados, o que nos transfiera las casas, y mandarlo a España, a un asilo, porque la medicina es mucho mejor para el.”

Miro para el pobre Don Fermín. Dicen que apenas tiene sesenta años, pero se ve como si tuviera noventa. La baba le empieza a caer por la mascarilla del respirador, y sale de su sopor para tirar de la manga a su sobrina, que le limpia la boca.

Ante mi, 40 años de trabajo y constancia, de amasar caudal y fortuna, en una silla de ruedas empujada por una sobrina, por la hija de uno de sus hermanos. Nada detrás de él, ni familia allegada, ni nietos… Ni siquiera la dignidad de tomar una baja de salud en paz.

“Este país es el mejor del mundo, hombre!” Me dice mi pariente, dándome una palmada en el hombro.

Yo asiento con la cabeza para que no me lo repitan ya más. Pero ya es demasiado tarde. Ya he comenzado a sospechar la verdad, que no lo dicen para convencerme a mí, sino para creérselo ellos mismos.
Y nos fuimos al comedor, como debieron haber hecho los colonos 400 años antes que nosotros, a dar gracias por este gran país, y todos los milagros que nos había deparado.

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